18 de octubre de 2011

Dengue en Pakistán


Lahore, la capital del Punjab paquistaní, hace frente desde hace más de dos meses a los estragos de la fiebre causada por el dengue. El numero de afectados no para de crecer, pese a las medidas que el gobierno paquistaní ha intentado implementar. Campañas de prevención, carteles, centros escolares cerrados… Los equipos de limpieza fumigan hasta el último rincón de la ciudad,  convirtiéndola en un manto blanco de humo que se entremezcla con el caótico bullir de Lahore. Las cifras asustan. Más de doscientas quince personas han perdido la vida, y 16.000 permanecen afectadas. 


Una hilera de mosquiteras se extiende alrededor de los pasillos y habitaciones que conforman el antiguo hospital de Mayo en Lahore.  Una atmósfera enrarecida por los azotes de la enfermedad recorre hasta el último vestigio del centenario centro hospitalario. Los familiares se agolpan cerca de los enfermos. Cada minuto puede ser vital. Cada chequeo de fiebre, decisivo. 


Una multitud se agolpa a las puertas del hospital Services en Lahore. Las enfermeras atienden a los pacientes que se precipitan, nerviosos,  para saber si son portadores del dengue. Náuseas, mareos, síntomas febriles y mucha preocupación. Apenas hay espacio disponible.  Los análisis se repiten una y otra vez, interrumpidos por los frecuentes cortes de luz y fallas en el generador del hospital.


La misma situación se repite a lo largo de los hospitales de Lahore. “No es posible ningún medio de contención. Sólo la llegada del invierno puede parar el brote de la enfermedad que se ha extendido por Pakistán”, explica Rubina, una de enfermeras del hospital Mayo. Desde hace dos meses apenas sale del recinto hospitalario. Mientras chequea unos análisis con una mano, añade con un aire de escepticismo:  “Sería necesario que el pueblo paquistaní adoptase un cambio en su forma de vida y costumbres”.


En una habitación contigua, iluminada por pequeños ventanales de la época colonial, Haider, un joven estudiante paquistaní no se separa de su abuelo. Lleva varios días turnándose con su madre. Mohammed Azeem ingresó hace una semana en el hospital Mayo.  Tenía fiebre y vómitos. “No sabíamos que hacer. Empezó a tener fiebre y decidimos trasladarlo para que recibiese cuidados médicos”, explica el joven paquistaní. Las doctoras de la sala coinciden: “gracias a rápida respuesta de la familia, Mohammed sigue vivo”.


Abdul Qader no tuvo tanta suerte. El joven policía trabajaba vigilando el tráfico para sostener a su familia que vive a las afueras de Lahore.  El 21 de septiembre fue diagnosticado con el dengue. Tras pasar unos días su estado mejoró y el hospital le mandó a casa. Dos días después murió. 


Una silla permanece vacía. La habitación de Abdul continua intacta. Tal como la dejó, explica el marido de la hermana de Abdul. Los familiares y conocidos prosiguen el duelo sentados fuera de la casa. No puede contener las lágrimas en el cementerio. “De repente murió… contrajo el dengue mientras ejercía su labor. El gobierno no nos quiere ayudar y se ha desentendido. Pese a que la renta del alquiler es pequeña, 50 euros al mes, no sabemos cómo la vamos a afrontar… Abdul era el motor de la familia”, explica en lágrimas Qader. 


Aguas estancadas, suciedad, crecimiento urbano descontrolado y una atmósfera tropical que se cobija entre las hileras de árboles que guarecen la ciudad sitúan a la ciudad paquistaní en el perfecto escenario indicado de incubación y propagación de la enfermedad. El dengue no hace distinción.  Sólo espera en silencio. 


“No se trata de un fenómeno local y aislado. En los últimos años los casos de dengue se han ido extendiendo sin ningún control a lo largo del mundo. Los rápidos procesos de crecimiento urbano y los niveles de vida de los países en vías de desarrollo facilitan que se propague el mosquito”, afirma un representante de la Organización Mundial de la Salud con sede en Pakistán.


La enfermedad del dengue es una infección trasmitida por los mosquitos Aedes aegypti y Aedes albopictus que genera unas patologías similares a las de la fiebre, y en algunos casos mortales. No obstante, y a pesar de los avances logrados en el ámbito medico, todavía no existe una cura que erradique las consecuencias de este “ataque repentino de fiebre provocado por un espíritu maligno”. 


Según  datos históricos, la enfermedad apareció por primera vez en 1585, cuando el pirata Drake perdió a más de 200 hombres cuando desembarcó en la costa,  aunque la enciclopedia de la Dinastía Chin ( 265-420 D.C) ya mencionaba la existencia de la enfermedad.  Ahora, sólo falta la llegada del invierno para poder frenar esta epidemia, que de haberse manifestado antes podría haberse convertido en una pandemia.



5 comentarios:

omarhavana dijo...

Impresionante Diego, tienes el don de transmitir con tus palabras y fotografías más allá de los sentimientos. Una vez más me has dejado sin palabras. Gracias amigo, un fuerte abrazo

Lola dijo...

Parece mentira que no se diga absolutamente nada de este drama, como si no existiera, y no son pocos los afectados. Diego, creo que con estas fotos te has superado, si tuviera que quedarme con una, cosa dificil, seria la de la silla vacía (lo dice todo).

Fany dijo...

Impresionante.Sin palabras nos dejas. Cuidate mucho. Muchos besos.

ainos dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ainos dijo...

wauuu impresionante documental. Me encanta lo que trasmites con tus fotos. Eres muy grande!