22 de marzo de 2012

Seaside: Pakistán y el mar


El sonido del agua invita a dejar atrás las nubes cargadas de corrupción, violencia y desigualdad que cubren la ciudad portuaria de Karachi. Por un momento, el mar trae de nuevo la calma a esta megalópolis, de 18 millones de habitantes.
Por unos instantes, la  amarga amalgama de rivalidades políticas, étnicas y religiosas que sacuden el pulmón económico de Pakistán de disipan en la arena al compás del mar.
El mar hace olvidar la luchas entre los partidos políticos del MQM y ANP, la crisis de electricidad y gas, la cantidad ingente de desplazados afganos y la violencia..
Los últimos rayos de luz bañan la zona costera de Cliffton mientras se entremezclan con un colorido desfile de vendedores ambulantes, camellos, caballos y algún que otro domador de monos.
Pese a que todavía una tupida capa de lodo sigue cubriendo la arena, un petrolero griego encalló en la zona años atrás, los paquistaníes no se resignan a acercarse y disfrutar de la comunión entre los últimos rayos de sol y la calma que otorga el mar.

26 de enero de 2012

El último cine


Unas manos sujetan una diminuta entrada de cine mientras una linterna de plástico alumbra tímidamente el contorno del papel. Unos murmullos recorren la antigua sala de proyección de Mingora, ubicada en el corazón del Valle de Swat, mientras resiste estoicamente a los continuos envites que intentan acabar con el último cine de lo que una vez fue conocida como los Alpes paquistaníes.
Las paredes están recubiertas de antiguos carteles de películas. Pistolas, 007 al estilo paquistaní, prominentes bigotes, AK-47 en mano y coloridas danzarinas evocan el estilo bolliwoodiense hindú, pero con un aroma pasthún.
Uno tras otro recuerdan la etapa dorada de Lollywood, el cine paquistaní, ahora en declive ante la falta de ayudas del gobierno y el encarecimiento de los costes de producción.

Si bien la década dorada del cine paquistaní tuvo su máximo esplendor en los sesentas, la llegada de los DVD, televisiones digitales y los dos años y medio de oscurantismo talibán que gobernaron el Valle bajo el férreo mandato del Mulá FM, han dejado a la última sala de cine en estado comatoso. Un eterno bucle que sueña con repetir  su particular “Cinema Paradiso”

Una pequeña sala tímidamente alumbrada alberga las maquinas de proyección. Cintas, bobinas, una silla que cojea y un antiguo baúl impregnan la habitación con el aroma de los rollos de celuloide.
Durante los dos últimos años ha sido la casa adoptiva de Usman. Un joven paquistaní que tuvo que huir de Swat cuando los talibanes se hicieron con el control del Valle.  

“Tras la llegada del Mulá FM tuve que huir de Mingora. Me amenazaron en repetidas ocasiones. Estaba asustado y decidí desplazarme a Mardan poco después de ver cómo los talibanes habían plantado en la plaza del pueblo estacas con cabezas decapitadas” explica recordando la pesadilla y añade, “ahora la normalidad ha vuelto al Valle y sobrevivo con 8.000 rupias al mes ( 70 euros)

Mientras el joven Usman prepara las cintas para la sesión de la tarde, en una pequeña sala arrinconada Fazhal Ghahi, de 60 años, prepara los tickets de entrada. En una angosta habitación tímidamente iluminada por una bombilla recuenta la recaudación de la semana. Lleva 42 años trabajando en el cine. Y al igual que su compañero, tuvo que huir con la llegada de los talibanes a la pequeña localidad de Mardan. 
“ El cine lo es todo para mí. No sabría qué hacer sin esta sala, sin las películas, ni la gente que viene a verlas. Sé que ahora no tenemos tanto clientes y apenas llegan películas paquistaníes pero es el último cine del Valle y a pesar de las tiendas de DVD todavía viene mucha gente de todo el Valle de Swat a verlas”

Un  goteo pausado de visitantes va ocupando poco a poco los asientos envejecidos por el tiempo de la sala de cine. Los más jóvenes se refugian en las zonas más oscuras para fumar a sus anchas.
El olor del hachís se entremezcla entre las paredes descorchadas y los pequeños recovecos que conforman la sala. Las llamadas de móviles parecen no importar demasiado. Los espectadores clavan su mirada en las "Julietas" soñadas entre risas, pitidos y algún que otro incontrolado aplauso.

Con la llegada del formato digital, las calles están repletas de establecimientos que ofrecen películas a menos de un euro. No obstante, y pese al goteo de espectadores, el cine durante el viernes sigue siendo una cita ineludible para los habitantes de Swat que esperan ansiosos las películas pasthunas repletas de tiros, bailes y amores shakesperianos.

Las luces del cinemascope dejan entrever las miradas de los espectadores que conviven con la estoica sala del antiguo cine. Y como un bastión obstinado que se niega a desaparecer, continúa cobijando a los curiosos del celuloide. 





16 de noviembre de 2011

El estoicismo paquistaní. Inundaciones. 2011


Por segundo año consecutivo, la furia del monzón ha dejado tras de si un paisaje desolador en Pakistán. La meridional provincia de Sindh ha sido la región más afectada con más de 200 muertos, unos 5,3 millones de afectados, medio millón de desplazados, y cientos de miles de viviendas destruidas.

Las mismas historias que hace un año inundaban las pantallas internacionales de televisión pasaron al olvido, pero siguen repitiéndose con la misma dureza que en el pasado. Y al igual que Sísifo, los paquistaníes luchan por subir la pendiente. 
Una y otra vez. Y tal como se narraba en la antigüedad, si bien el monzón insiste en golpear con  contundencia, al igual que la roca que se escapaba del hijo del dios del viento, los paquistaníes clavan su vista estoicamente hacia el cielo, emulando de una manera inconsciente la persistencia de Sísifo.

Las lluvias han devastado 1,7 millones de hectáreas de cultivo, ocasionando una pérdida económica de más de 10 mil millones de dólares.  Mientras el gobierno de Islamabad, incapaz de hacer frente a la crisis humanitaria, observa asustado la lenta respuesta internacional, condicionada en parte por la crisis económica mundial. Tan solo en parte, ya que la falta de confianza de los actores internacionales en la presente administración no pasa desapercibida.

Casas anegadas, hospitales abandonados y muchas maletas que esperan retornar a lo que una vez fue su hogar. Decenas de miles de familias que lo han perdido todo,  se cobijan bajo improvisadas lonas de plástico en los márgenes de las carreteras, vías de tren, o en cualquier terreno de tierra que no ha sido afectado por las inundaciones.  La mayoría de estos desplazados vive en condiciones de insalubridad, expuestos a  contraer enfermedades causadas por el agua como la malaria, el cólera, o la malnutrición.

“Estas inundaciones son peores que las del año pasado, porque las fuertes lluvias han dañado muchas infraestructuras como hospitales, centros de salud o dispensarios de medicamentos”,  advierte el doctor Soomar Khoso, de la Organización Mundial de la Salud. Y añade. Llevo varios meses sin poder estar con mi familia. Y todavía me queda mucho trabajo. El agua todavía permanecerá tiempo. Las enfermedades no dudarán en aprovechar la oportunidad”

Al igual que otros muchos centros hospitalarios, el hospital de Mirpur Khas no fue la excepción y quedó literalmente bajo las aguas, complicando el acceso a los pacientes que se acercaban como podían, con carros y burros, durante dos meses. 

En la sala de pediatría,  decenas de niños famélicos con el vientre hinchado luchan por sobrevivir, ante la mirada impotente de sus madres.  “El treinta por ciento de los niños afectados por las inundaciones padecen malnutrición”,  advierte una doctora del centro. “Si no reciben pronto más ayuda morirán”,  añade preocupada.

Mientras continua el lento goteo de la ayuda, miles de personas buscan cobijo a la espera de que la tierra,  poco a poco,  vaya absorbiendo el agua que ha cubierto con un continuo manto toda la región. 

Lejos de las instalaciones que resistieron el envite de la tormenta, los campamentos de desplazados se extienden como atalayas a lo largo de la provincia de Sindh. Unas 800 familias de los distritos de Badin, Yuda, Sangir, Nawadshah  viven desde agosto en el campo de desplazados de Sabzi Mandi en Hyderabad, esperando regresar a sus hogares.

Herba de Mir Pur khas, tiene cinco hijos, ahora está embarazada desde hace dos meses, concibió a su hijo en el campo de desplazados. “Perdimos la casa, las tierras, todo. No tenemos nada con lo que sobrevivir” explica entre lágrimas mientras sujeta a su pequeño niño entre sus brazos. En seguida sale fuera de la tienda para contar su historia.

Las inundaciones de este año han vuelto a poner de manifiesto las carencias que tiene Pakistán para poder gestionar  las catástrofes naturales,  al tiempo que han deteriorado aún más la credibilidad de un gobierno que afronta numerosos frentes abiertos. 
Unos frentes que salpican no sólo a los donantes internacionales, al encontrar muchos problemas a la hora de canalizar la ayuda humanitaria, sino a la cantidad ingente de población civil afectada que espera,  estoicamente,  el receso de las aguas.










18 de octubre de 2011

Dengue en Pakistán


Lahore, la capital del Punjab paquistaní, hace frente desde hace más de dos meses a los estragos de la fiebre causada por el dengue. El numero de afectados no para de crecer, pese a las medidas que el gobierno paquistaní ha intentado implementar. Campañas de prevención, carteles, centros escolares cerrados… Los equipos de limpieza fumigan hasta el último rincón de la ciudad,  convirtiéndola en un manto blanco de humo que se entremezcla con el caótico bullir de Lahore. Las cifras asustan. Más de doscientas quince personas han perdido la vida, y 16.000 permanecen afectadas. 


Una hilera de mosquiteras se extiende alrededor de los pasillos y habitaciones que conforman el antiguo hospital de Mayo en Lahore.  Una atmósfera enrarecida por los azotes de la enfermedad recorre hasta el último vestigio del centenario centro hospitalario. Los familiares se agolpan cerca de los enfermos. Cada minuto puede ser vital. Cada chequeo de fiebre, decisivo. 


Una multitud se agolpa a las puertas del hospital Services en Lahore. Las enfermeras atienden a los pacientes que se precipitan, nerviosos,  para saber si son portadores del dengue. Náuseas, mareos, síntomas febriles y mucha preocupación. Apenas hay espacio disponible.  Los análisis se repiten una y otra vez, interrumpidos por los frecuentes cortes de luz y fallas en el generador del hospital.


La misma situación se repite a lo largo de los hospitales de Lahore. “No es posible ningún medio de contención. Sólo la llegada del invierno puede parar el brote de la enfermedad que se ha extendido por Pakistán”, explica Rubina, una de enfermeras del hospital Mayo. Desde hace dos meses apenas sale del recinto hospitalario. Mientras chequea unos análisis con una mano, añade con un aire de escepticismo:  “Sería necesario que el pueblo paquistaní adoptase un cambio en su forma de vida y costumbres”.


En una habitación contigua, iluminada por pequeños ventanales de la época colonial, Haider, un joven estudiante paquistaní no se separa de su abuelo. Lleva varios días turnándose con su madre. Mohammed Azeem ingresó hace una semana en el hospital Mayo.  Tenía fiebre y vómitos. “No sabíamos que hacer. Empezó a tener fiebre y decidimos trasladarlo para que recibiese cuidados médicos”, explica el joven paquistaní. Las doctoras de la sala coinciden: “gracias a rápida respuesta de la familia, Mohammed sigue vivo”.


Abdul Qader no tuvo tanta suerte. El joven policía trabajaba vigilando el tráfico para sostener a su familia que vive a las afueras de Lahore.  El 21 de septiembre fue diagnosticado con el dengue. Tras pasar unos días su estado mejoró y el hospital le mandó a casa. Dos días después murió. 


Una silla permanece vacía. La habitación de Abdul continua intacta. Tal como la dejó, explica el marido de la hermana de Abdul. Los familiares y conocidos prosiguen el duelo sentados fuera de la casa. No puede contener las lágrimas en el cementerio. “De repente murió… contrajo el dengue mientras ejercía su labor. El gobierno no nos quiere ayudar y se ha desentendido. Pese a que la renta del alquiler es pequeña, 50 euros al mes, no sabemos cómo la vamos a afrontar… Abdul era el motor de la familia”, explica en lágrimas Qader. 


Aguas estancadas, suciedad, crecimiento urbano descontrolado y una atmósfera tropical que se cobija entre las hileras de árboles que guarecen la ciudad sitúan a la ciudad paquistaní en el perfecto escenario indicado de incubación y propagación de la enfermedad. El dengue no hace distinción.  Sólo espera en silencio. 


“No se trata de un fenómeno local y aislado. En los últimos años los casos de dengue se han ido extendiendo sin ningún control a lo largo del mundo. Los rápidos procesos de crecimiento urbano y los niveles de vida de los países en vías de desarrollo facilitan que se propague el mosquito”, afirma un representante de la Organización Mundial de la Salud con sede en Pakistán.


La enfermedad del dengue es una infección trasmitida por los mosquitos Aedes aegypti y Aedes albopictus que genera unas patologías similares a las de la fiebre, y en algunos casos mortales. No obstante, y a pesar de los avances logrados en el ámbito medico, todavía no existe una cura que erradique las consecuencias de este “ataque repentino de fiebre provocado por un espíritu maligno”. 


Según  datos históricos, la enfermedad apareció por primera vez en 1585, cuando el pirata Drake perdió a más de 200 hombres cuando desembarcó en la costa,  aunque la enciclopedia de la Dinastía Chin ( 265-420 D.C) ya mencionaba la existencia de la enfermedad.  Ahora, sólo falta la llegada del invierno para poder frenar esta epidemia, que de haberse manifestado antes podría haberse convertido en una pandemia.